Relativizar: 1. tr. Introducir en la consideración de un asunto aspectos que atenúan su importancia.
¿Qué pensarías si te dijera que el gran reto del Hombre es entender que la lucha no es necesaria, si te dijera que el Ser Humano llega más lejos cuando coopera que cuando compite?
La lucha siempre deja secuelas a sus supervivientes, a veces cicatrices, a veces dolorosas, especialmente cuando se lacera el alma. Solo por vivir en una sociedad que parece haber dejado atrás los devastadores y vergonzantes conflictos armados, somos unos privilegiados. Sin embargo, hay otro tipo de luchas que lejos de haber dejado atrás, parecen proliferar y recrudecerse: Los conflictos personales.
¿Cuantos propiciamos o alimentamos de manera consciente?
Angustia, odio, inseguridad, aflicción, rencor, desazón, temor… Seguro que hemos transitado por esos estados de ánimo como consecuencia de una disputa, quizá incluso te acompañen desde hace tiempo.
Te cuento mi punto de vista.
Me gusta escuchar a las personas mayores, aprender de ellas. Son un excelente espejo en que mirarse y pienso que tendríamos una sociedad mejor si les escucháramos activamente. Afirmo, más allá de mi opinión, que los mayores tienen algo que los demás no tenemos: Tiempo vivido. La experiencia y madurez que atesoran les permiten afrontar la vida de otra manera.
De ellos he aprendido a mirar la vida a largo plazo y a ponerme en el pellejo de los demás (Si no te gusta mi forma de caminar, prueba a ponerte mis zapatos).
¿Aplicación práctica? Cuando se está gestando una discusión, siempre trato de hacerme estas dos preguntas antes de atravesar el punto de no retorno:
Y no hablamos de beneficio material, hablamos de beneficio para la autorrealización individual. El matiz no es baladí, si no existe ese objetivo, puede que lo expuesto carezca de sentido. La elección, en este caso, si importa.
En el conflicto movilizamos la ira, la envidia, la soberbia, el odio, el orgullo… desplegamos todo nuestro talento para zaherir a la contraparte. Alcanzamos un estadio de inhumanidad en el que en situaciones normales nos costaría reconocernos. Eludimos el diálogo constructivo, argumentativo, el intercambio de opiniones con criterio, nos transformamos en un ser destructivo.
¿Para qué?
¿Para defender nuestro punto de vista?, ¿Por orgullo?, ¿Porque si?
Cada persona es soberana para desencadenar y perpetuar cuantos conflictos considere oportunos, pero en mi humilde opinión, al hacerlo, se compromete a dedicar a ello una gran parte de su energía. Paradójicamente, situamos a nuestro contrario en el centro de la existencia, además de condenarnos a no disfrutar del presente y a no poder construir libremente nuestro futuro.
Personalmente, no solo intento evitar las cicatrices, también la disputa. Mirar la vida a largo plazo permite relativizar los conflictos del día a día, evitando malgastar tiempo y energía en algo que sin ningún atisbo de duda va a menoscabar el crecimiento personal.
¿Y qué hacer cuando ya hay cicatrices? Pues evitar que nos duelan y la forma más madura, inteligente y humana que conozco de hacerlo, es… perdonar. El perdón libera a quien lo otorga, la venganza le tiraniza.
Siempre hay margen para el perdón, quizá no lo haya para la reconciliación, pero si para el perdón.
¿Una atrevida conclusión para lo expuesto? La resiliencia es el coraje para superar los conflictos, la fluencia es la sabiduría para evitarlos y el perdón nos da alas para volar libres.
Seguiremos por aquí, gracias por tu tiempo.
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¿Qué pensarías si te dijera que el gran reto del Hombre es entender que la lucha no es necesaria, si te dijera que el Ser Humano llega más lejos cuando coopera que cuando compite?
La lucha siempre deja secuelas a sus supervivientes, a veces cicatrices, a veces dolorosas, especialmente cuando se lacera el alma. Solo por vivir en una sociedad que parece haber dejado atrás los devastadores y vergonzantes conflictos armados, somos unos privilegiados. Sin embargo, hay otro tipo de luchas que lejos de haber dejado atrás, parecen proliferar y recrudecerse: Los conflictos personales.
¿Cuantos propiciamos o alimentamos de manera consciente?
Angustia, odio, inseguridad, aflicción, rencor, desazón, temor… Seguro que hemos transitado por esos estados de ánimo como consecuencia de una disputa, quizá incluso te acompañen desde hace tiempo.
Te cuento mi punto de vista.
Me gusta escuchar a las personas mayores, aprender de ellas. Son un excelente espejo en que mirarse y pienso que tendríamos una sociedad mejor si les escucháramos activamente. Afirmo, más allá de mi opinión, que los mayores tienen algo que los demás no tenemos: Tiempo vivido. La experiencia y madurez que atesoran les permiten afrontar la vida de otra manera.
De ellos he aprendido a mirar la vida a largo plazo y a ponerme en el pellejo de los demás (Si no te gusta mi forma de caminar, prueba a ponerte mis zapatos).
¿Aplicación práctica? Cuando se está gestando una discusión, siempre trato de hacerme estas dos preguntas antes de atravesar el punto de no retorno:
- ¿Qué beneficio me puede aportar este conflicto a largo plazo?
- ¿Qué haría yo en el lugar de mi contrario?
Y no hablamos de beneficio material, hablamos de beneficio para la autorrealización individual. El matiz no es baladí, si no existe ese objetivo, puede que lo expuesto carezca de sentido. La elección, en este caso, si importa.
En el conflicto movilizamos la ira, la envidia, la soberbia, el odio, el orgullo… desplegamos todo nuestro talento para zaherir a la contraparte. Alcanzamos un estadio de inhumanidad en el que en situaciones normales nos costaría reconocernos. Eludimos el diálogo constructivo, argumentativo, el intercambio de opiniones con criterio, nos transformamos en un ser destructivo.
¿Para qué?
¿Para defender nuestro punto de vista?, ¿Por orgullo?, ¿Porque si?
Cada persona es soberana para desencadenar y perpetuar cuantos conflictos considere oportunos, pero en mi humilde opinión, al hacerlo, se compromete a dedicar a ello una gran parte de su energía. Paradójicamente, situamos a nuestro contrario en el centro de la existencia, además de condenarnos a no disfrutar del presente y a no poder construir libremente nuestro futuro.
Personalmente, no solo intento evitar las cicatrices, también la disputa. Mirar la vida a largo plazo permite relativizar los conflictos del día a día, evitando malgastar tiempo y energía en algo que sin ningún atisbo de duda va a menoscabar el crecimiento personal.
¿Y qué hacer cuando ya hay cicatrices? Pues evitar que nos duelan y la forma más madura, inteligente y humana que conozco de hacerlo, es… perdonar. El perdón libera a quien lo otorga, la venganza le tiraniza.
Siempre hay margen para el perdón, quizá no lo haya para la reconciliación, pero si para el perdón.
¿Una atrevida conclusión para lo expuesto? La resiliencia es el coraje para superar los conflictos, la fluencia es la sabiduría para evitarlos y el perdón nos da alas para volar libres.
Seguiremos por aquí, gracias por tu tiempo.
